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Cuento El barrendero

Por Ramon Taborda Strusiat.-  

Como todas las mañanas –desde hace cinco años- Juan Durante comenzaba su tarea diaria de barrer la acera. Siempre eran las mismas cuadras, pero no eran calles cualquiera, eran las más conocidas del país. De un lado la plaza, del otro, la Casa de Gobierno y las demás dependencias del Estado Mayor.


Él ya era conocido por los guardias encargados de la seguridad del área, que siempre lo saludaban al igual que muchos militares que trabajaban en el comando castrense. Claro que la mayoría de la gente sólo pasaba sin siquiera percatarse de él. Algunos incluso lo miraban en forma despectiva. Esto a veces lo entristecía un poco. ¡Ser barrendero no era ninguna indignidad!, es un noble servicio público.
De vez en cuando, para consolarse un poco, recordaba aquel cuento en el que un Jefe de Estado quería ser barrendero para aliviarse de preocupaciones. Es verdad, ser barrendero no exige mayores preocupaciones ni demasiada preparación. En realidad no requiere ninguna. Se preguntó seriamente si su trabajo tendría alguna incidencia en la historia, -¡Ninguna!, dijo fuertemente dejando momentáneamente de barrer. Una señora gorda que pasaba por allí lo miró inquisidoramente, ¿ninguna qué? habrá pensado.

De pronto recordó haber visto una postal de Viena con sus calles relucientes y limpias y sonrió – ¡claro que sí!. Si esas calles estaban límpidas es porque habrá barrenderos austríacos esmerados para que el mundo hable bien de su país ¿o serían barrenderos turcos? ¿habrá barrenderos austríacos?. Se imaginó una reunión de altos dignatarios elogiando estas calles que hoy estaba barriendo y entre ellos diciendo. ¡Es increíble, cómo relucen estas calles! o ¡Qué limpia es la gente de este estado! Y todo gracias a aquel hombre de azul que está allá abajo. Nos lo llevaremos para que barra nuestras calles ¡si señor!.

Pero pronto se desengañó. Cualquier cosa es mejor que ser barrendero. Esto es como ser uno de los miles de extras en esas superproducciones de Hollywood. Por ejemplo, quién preguntará ¿te acordás de aquel soldado que estaba en el fondo, en una esquina de la pantalla? ¿quién era?… tal vez John Smith ¿o Tadeusz Wilson?. Bah!, en realidad nadie preguntaría esas cosas. Nadie dirá por ejemplo, ¿te acordás del barrendero aquél de la capital? ¿Que será de su vida?

Lo único bueno de este trabajo era que por lo menos conocía al mismo presidente en persona, claro que siempre entraba por otro lado, aquí sólo lo hacia eventualmente. Pero por lo menos una vez lo saludó, ¡sí señor!, son pocos lo que pueden decir “estuve con el presidente”, (aunque en realidad solo estuvo a veinte metros y el presidente saludó a todos los que estaban allí). Otra vez se desengañó. Cualquier cosa es mejor que esto.

Si le hubiese tocado decidir, él hubiese sido científico ¡Eso!, un físico nuclear. Siempre le gustó la ciencia. Recordó que cuando niño leyó un tratado sobre el átomo. Aún está fresco en su memoria el gran título en caracteres negros sobre un fondo amarillento que rezaba: “El átomo: desde Empédocles a Rutherford”. Si… Pero una pregunta afloró desde el fondo de la conciencia rompiendo su andar imaginativo ¿Quién no me dejó decidir? Dejó de barrer nuevamente. Apoyó su mentón sobre sus manos que apretaban la punta del mango del escobillón. La gente que pasaba por allí le dedicó una mirada y tal vez una pregunta ¿y este vago que en vez de barrer se la pasa descansando? Pero en su interior se desataba una lucha de nombres, situaciones y frustraciones juveniles. Sin dudas el único culpable era él mismo. Ahora ya es tarde para intentar cambiar la amarga realidad. Comenzó a barrer con furia, con el ceño fruncido, sacando la basura depositada por el viento y el descuido. La gente que pasaba por allí le dedicó una mirada y tal vez un elogio ¡qué trabajador y dedicado es este señor!
Ya pasó la intersección de la avenida principal con la denominada “Batalla de la laguna de los patos”, -era más largo el nombre que la única cuadra de la calle- decía medio en broma y medio en serio. Dentro de un rato pasará por el frente de la Casa de Gobierno. Ya iba acumulando más de treinta montoncitos de basura. Luego los cargaría en la carretilla.
Nuevamente comenzó a imaginarse cómo sería su vida si fuese físico nuclear. Alguien le dijo alguna vez que en la China de Mao, un ingeniero atómico vivía en el mismo edificio que un barrendero. Se figuró que triste sería la vida en China, no habría diferencia entre un hombre que estudió toda su vida con alguien que solo barría. Conjeturó como serían las reuniones sociales de consorcio (si es que lo había):
– Señor Li Huan, hoy tuve un día terrible, una de las válvulas de flujo termodinámico falló e inundó las instalaciones de control con isótopo radiactivo de Uranio 238 ¡que llegó hasta los niveles 5F5!.
– A mi no me fue mejor señor Chow Wen, parece que hoy vinieron a defecar en la calle todos los perros de Beijing.
Comenzó a reír a carcajadas. Sin dudas una sociedad así no sería posible. Hay miles de libros dedicados a la física y a la química, a la termodinámica de los cuerpos en movimiento o a los transmisores de calor, pero no vio ningún tratado sobre la ciencia de los barrenderos, es como si existiera una tesis doctoral sobre el uso del martillo, pensó, “El martillo, modo de uso y sus implicancias en la sociedad moderna”. Nuevamente comenzó a reír.
Ya estaba por llegar a la puerta de la casa de Gobierno, se peinó un poco los cabellos con las manos, no vaya a ser cosa que hoy pase el Presidente, aún si pasase, obviamente él, como siempre, no sería percibido, pero igual se arreglaba por autorreflejo. Siguió barriendo con fuerza sumiéndose en sus pensamientos y mascullando sobre los avatares de su oficio.
Una mano le tocó la espalda y una voz le habló, -Señor… Él no lo podía creer. ¡Era el Presidente en persona!.
– ¿Cómo se llama? Preguntó el jefe de Estado tomándole del brazo con una mano y quitándole el escobillón con la otra.
– Me llamo Juan… Juan Durante y usted?… Bueno ya sé cómo se llama Señor Presidente, sólo quise decir… que es un placer que me venga a saludar. ¿En qué lo puedo servir?, preguntó Juan con voz temblorosa y entrecortada, mirando a los fornidos guardaespaldas del Servicio Secreto de Custodia que se plegaron discreta y estratégicamente a su alrededor.
– Para serle franco, estuve discutiendo con los miembros del gabinete, tecnócratas en realidad, sobre una cuestión trascendente para la Nación. La situación es la siguiente, nuestro país desde hace más de cuarenta años tiene independencia tecnológica en lo que a energía atómica se refiere. Las potencias centrales presionan para que privaticemos nuestro servicio energético, un poco para que seamos dependientes de ellos y otro para quedarse con los dividendos que implica un mercado cautivo. Los ministros –contra mi opinión- dicen que necesitamos dinero y que el Comité de Energía Nuclear –semillero de investigación científica- debe ser desmantelado. Les dije: aquel Señor vestido de azul, que barre la calle todos los días, debe tener más criterio que ustedes y vine aquí a comprobarlo. ¿Qué opina sobre el planteo?
Juan, el barrendero, se quedó mudo unos segundos, al cabo de los cuales respondió:
– Yo una vez quise ser físico atómico pero hoy soy sólo un triste barrendero, ¿se imagina cuántos barrenderos más habrá si le hace caso a sus ministros?
El Presidente sonrió y le apretó fuertemente el antebrazo por unos interminables segundos. Sólo dijo un sincero ¡gracias! y se alejó con su séquito hacia su despacho.
Juan, el barrendero, con la sonrisa amplia y satisfecha, continuó barriendo con nuevas ganas y con la alegría de saber que ha coadyuvado a la grandeza del país desde un lugar tan humilde y tan vilipendiado como el suyo y de saber, que existe para alguien que lo mira desde atrás del ventanal de un distinguido despacho.

Río Grande, año de Nuestro Señor de 1999.-
(*) Extraído del libro “Crónicas Terrestres” del mencionado autor.

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